LA «MARQUESA» Y EL CHAMPÁN

31 DICIEMBRE 2020

A mí, me la habían vuelto a colar. Parecía que la monarquía era uno de los principales problemas de los españoles y el C.I.S. ha constatado que tan sólo perturba el sueño al 0,2% de la población. Dicho de otro modo, el C.I.S. ha dejado patente que, en la lista de nuestras preocupaciones reales –el adjetivo viene aquí al pelo–, la monarquía ocupa un discreto lugar, bastante alejado de las posiciones de cabeza, y más próximo al riesgo de extinción del cangrejo jorobado en el margen septentrional del río Orinoco.

Tal vez ese 0,2% coincida con el número actual de votantes podemitas, lo que explicaría que Pablo Iglesias insista (tras publicarse la encuesta) en que la mayoría de los españoles se sienten republicanos. Y es que, según los ambientes en los que uno se mueva, las percepciones de la realidad pueden ser muy diversas y conducirte a conclusiones tergiversadas.

La posverdad, espacio en el que la formación morada se mueve con soltura sin par, exige ser abonada periódicamente; y su mejor nutriente es la invención de problemas donde, francamente, no los hay. Por ello, resulta llamativo que a la pareja más famosa de Galapagar se le escape alguna oportunidad para generar, de la nada, una nueva polémica que desvíe la atención de los problemas verdaderos. Pero estamos en Navidades y es comprensible que, entre orgías de marisco, champán y turrones –quedaron atrás los tiempos del porrón y la gaseosa–, Irene y Pablo se hayan relajado algo y que, así, se les haya pasado la ocasión de oro que tuvieron delante de sus narices con el sorteo de la lotería de Navidad, a cargo de los simpáticos niños del colegio de San Ildefonso.

Y es que, de los treinta y dos encargados de cantar este año los premios, diez fueron niños y, el resto, niñas. Hasta ahí, bien, pues, aunque la aspirante a «marquesa del pueblo» sea Ministra de Igualdad, no tiene problema en aceptar la desigualdad –incluso la aplaude– cuando el desequilibrio se produce a favor de la mujer. Sin embargo, luego observé que los niños vestían pantalón y las niñas falda; y eso fue lo que empezó a llamar mi atención…

Puede que el uniforme del colegio de San Ildefonso sea ése, lo ignoro; mas, aun siéndolo, la ministra no debería haber permitido que las cámaras de todas las televisiones, y especialmente las de la pública, mostrasen semejante aberración machista y discriminatoria, tamaña estigmatización. Lo suyo hubiera sido que la mitad de los elegidos llevase falda y la otra mitad pantalón, independientemente del sexo de cada uno; no fuera a ser que luego, el haber vestido públicamente una u otra prenda, causase a los púberes un trauma que perjudicara el futuro descubrimiento y desarrollo normal de su orientación sexual. Ahí, Irene, estuviste poco atenta. El champán y el marisco te debieron obnubilar.

También vi algún chaval –o chavala, no lo recuerdo con precisión– que era negro. «Eso está muy bien» –pensé. Ninguna discriminación racial. Claro que, acto seguido, empecé a echar en falta a representantes y representantas de la comunidad oriental, de la magrebí, de la judía, de la palestina y de la gitana. Del mismo modo, en la selección de los alumnos cantores no se mostró sensibilidad alguna con el colectivo LGTBIQ+ –qué menos que haber incluido a siete representantes del mismo, uno por sigla–, e, igualmente, podrían haber incluido a un mena, a algún discapacitado físico y, por aquello de no excluir, a otro con síndrome de Down.

Además, leí que la mayoría de los niños eran católicos… ¡En un estado laico! Se debería haber incorporado, rápidamente, a niños musulmanes –chiítas y sunitas, por supuesto–, hinduistas, budistas, protestantes, luteranos, ortodoxos, testigos de Jehová y, como guinda, a un Hare Krishna.

Reunidos todos, se deberían haber escogido chicos y chicas en número igual –salvo los LGTBIQ+ que formarían un tertium genus–, colocar a cada uno y aleatoriamente una falda o un pantalón y… ¡al escenario! Puede que hubiese habido algún problemilla de espacio, con más niños que bolas en el bombo, pero, eso sí, la foto habría quedado de lo más variopinta, igualitaria y, sobre todo, progresista.

Sea como fuere, que Irene y sus compinches no hayan mostrado su malestar por una evidente falta de paridad y de diversidad representativa de los colectivos denominados «desfavorecidos» en la selección de los niños que anuncian los premios de la lotería, con la audiencia que tiene el sorteo, demuestra una importante debilidad por su parte, un error estratégico palmario y una oportunidad de oro perdida para crear una polémica sobre la base de una chorrada que a nadie le importa un pimiento.

Vamos, que Irene y Pablo han desperdiciado una ocasión inmejorable para montar un pitote de tomo y lomo, y lograr que una controversia inexistente llegase a preocupar, como mínimo, al 0,1% de los españoles; desviando con ello –una vez más– la atención sobre las cosas serias, y colando el asunto en la lista de nuestras preocupaciones, justo por detrás, si acaso, del peligro de extinción del pobre cangrejo jorobado del Orinoco.

2 comentarios para "LA «MARQUESA» Y EL CHAMPÁN"

  1. Fabien - 31 diciembre, 2020 (3:06 pm)

    Como siempre es un placer leer tu blog, hoy más todavía con el tema escogido.

    1. Sebas Lorente - 31 diciembre, 2020 (3:31 pm)

      Gracias, Fabien. Celebro que te haya gustado el artículo. Un abrazo y feliz 2021.

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