LA VACUNA

15 NOVIEMBRE 2020

Antes todo era mucho más sencillo: para evitar que los niños cogiéramos determinadas enfermedades, se nos llevaba al médico para que nos suministrasen la vacuna correspondiente. Punto. Los lloros, que en ocasiones se escuchaban más allá de la consulta del doctor y todavía fuera del inmueble, respondían más veces al pavor de ver la aguja y adivinar la estocada inminente, que al dolor que causaba el pinchazo en sí. A mí me llegaron a vacunar alguna vez en el colegio, y, por supuesto, lo hicieron en la mili; lugares en los que ya nadie lloraba, pues eso te hacía quedar mal delante de tus compañeros. Recuerdo que en el legendario cuartel del Cerro Muriano nos colocaban en fila a toda la Compañía –la mía era la Xª– ataviados con la ropa de deporte a esperar a que pasara «el picador», como popularmente le llamábamos, para clavarte la aguja en el deltoides y dejarla ahí hasta que, un tiempo después (entre medio y un minuto, en el mejor de los casos), llegara su compañero con la jeringa para terminar la faena inoculándote la solución antivírica. Recuerdo también que un recluta que estaba viendo –aterrado– cómo su turno estaba a punto de llegar, cayó desmayado todo lo largo que era, dando de bruces contra el suelo y reventándose la nariz y el labio antes de que nadie lo pudiese evitar.

En aquellos tiempos, ni en el médico, ni en el colegio, ni muchísimo menos en la mili, a nadie se le ocurría preguntar sobre la procedencia de la vacuna. Jamás oí que alguien indagase si el inyectable que le iban a suministrar venía de China, de Rusia, de Oxford o de Tombuctú. Del mismo modo, tampoco nadie, hasta ahora, se cuestionaba la empresa comercializadora del producto: nos importaba un soberano pepino si lo que nos iban a poner era de Pfizer, de Bayer o de Roche, pues bastante teníamos con la aguja y el mal trago. Todo, repito, era mucho más sencillo: ibas, te vacunabas y a otra cosa, mariposa.

Pero ha llovido mucho desde entonces. Ahora, antes de abordar todas estas cuestiones sobre marcas y países, lo que marca tendencia es una previa elucubración trascendental: hay que decidir si te quieres vacunar o no. Porque, claro, debemos resolver si consentimos o no que, disuelto traicioneramente en la medicación, nos endosen, con la excusa, un chip nanoscópico que permitirá a George Soros y sus secuaces tenernos controlados en todo momento gracias a la tecnología 5G y todo eso. Yo, desde la lógica del cazurro, navego en un mar de dudas: Y el Sr. Soros… ¿no tendrá otra cosa que hacer (porque, es que últimamente está en todas)? ¿Controla a todos los laboratorios farmacéuticos del planeta, sean del país que sean? ¿Acaso la fabricación de ese prodigioso chip no llevaría varios años, como para tenerlo ya listo y testado? ¿Habrá tantos chips como dosis de vacunas? Y, sobre todo: ¿Cómo lograría evitar el pérfido magnate que alguien «rajase»? A mí es que me cuesta creer que nadie, absolutamente nadie involucrado en esta conspiración perversa, se fuese de la lengua, aunque fuera en petit comité: que se lo largara a su pareja en la intimidad o al cuñado en la cena de Navidad o de copas con los amigotes. Que el secretismo absoluto es algo muy difícil de conseguir, y más a escala mundial. Suerte que los Soros de turno siempre cuentan con enemigos que nos abren los ojos a sus demoníacas artimañas, como Miguel Bosé, que, lejos de una pesadilla, no creo que haya provocado a Soros ni una ligera jaqueca, pese a que ya apuntaba maneras hace años, cuando popularizó una canción titulada, precisamente, «Don diablo». ¿Casualidad o premonición? Ahí dejo el dato…

Con todo, a los ingenuos que, a la antigua usanza, esperamos la vacuna con ahínco y tenemos depositadas en ella fuertes esperanzas, nos quedará todavía un escollo por salvar: ¿Qué vacuna nos ponemos? Me atrevería a afirmar que los occidentales sentimos una mayor preferencia por las vacunas de Pfizer o Moderna; pero, del mismo modo, entiendo que los rusos –que son unos tantos– y los chinos –otros cuantos– se fiarán más de sus respectivos productos nacionales.

Dudo que en China o Rusia exista este debate sobre si vacunarse o no. Me da a mí que en el gigante asiático se va a vacunar todo quisque, le guste o no; y que algo parecido ocurrirá en las tierras por las que transcurre el romántico transiberiano. Y como no creo –llámenme ingenuo– que ninguno de estos dos países planee asesinar, ni siquiera perjudicar la salud a la totalidad de su población, debo llegar a la conclusión de que sus vacunas serán, con escasa variación, igual de eficaces que las que produzcan otros laboratorios. De modo que cuando llegue el día en que me avisen para decirme que ya puedo ir a vacunarme contra el COVID-19, me abriré una buena botella de vino para celebrarlo con mi mujer y acudiré presto a mi cita con la enfermera. Y, como he hecho toda mi vida, no se me ocurrirá preguntarle ni de dónde viene la vacuna, ni qué laboratorio la ha comercializado. Puede que me cuelen el chip ese que me va a controlar totalmente, en cuyo caso, pues oye, felicidades, que no creo que mi vida vaya a cambiar mucho de estar supercontrolado a no estarlo o a estarlo simplemente como hasta ahora.

Que me vacunaré, vaya, como siempre lo he hecho: sin preguntar. Como antes, que todo era mucho más sencillo.

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