¿Y Dios… dónde está?

14 OCTUBRE 2020

(Artículo publicado en «La Razón«, el 8/10/2020)

Para mucha gente, Dios posee el don de la ubicuidad y, por lo tanto, está en todas partes; para otros, en cambio, no está en ningún sitio, o no saben qué contestar a esa pregunta o la cuestión les resulta totalmente indiferente.

Según un informe publicado el 29 de octubre de 2019 por el más que controvertido CIS, el 68,3% de los españoles se declara católico (21,5% practicante y 46,8% no practicante), frente al 31,7% restante, que aglutina a los ateos (12,5%), agnósticos (7,3%), creyentes de otras religiones (2,6%) y, simplemente, no creyentes o indiferentes (8,1%).

Atendiendo a estas cifras, es claro que para una parte más que considerable de la población de este país –entre la que me incluyo–, nuestras creencias religiosas nos proporcionan, en mayor o menor medida, según cada uno, ayuda, consuelo, apoyo, tranquilidad, ánimo, confianza e incluso serenidad, especialmente cuando atravesamos por momentos difíciles. Sin embargo, no parecen entenderlo así la mayoría de las grandes cadenas de televisión, tanto públicas como privadas, que tenemos en España.

Estamos atravesando una situación que, sin duda, pasará a la historia. Una época trágica marcada por el sufrimiento, la incertidumbre y, sobre todo, por el alto número de muertes producidas. En España, más de cuarenta y cinco mil en una sola primavera; y, en el mundo, una cifra igualmente escalofriante. Hemos perdido a seres queridos sin poder siquiera acompañarlos en sus días postreros, esperando en nuestras casas, maniatados y corroídos por la rabia y el dolor, que no se produjera el fatal desenlace.

Ahora, la pandemia parece que se haya tomado unas pequeñas vacaciones para volver a atacar, parece que con menor carga letal, pero igualmente despiadada en la afección. Si antes de verano resultaba difícil encontrar a alguien que no conociera algún caso, más o menos cercano, de alguna persona que hubiera fallecido a causa de la COVID-19, ahora resulta misión imposible no conocer a más de cinco o diez personas que hayan dado positivo en el test PCR.

Y, a mayor abundamiento, los augurios económicos y laborales no es que resulten alentadores, precisamente, sino todo lo contrario.

Todo ello, junto o por separado, ha hecho que la desesperación esté llamando a la puerta de muchas casas, de muchas familias. Seguramente, no sean pocos quienes no hayan conocido momentos más difíciles que el actual. Y, de éstos, una buena parte –el 68,3% para ser exactos– buscarán apoyo y consuelo en la religión, en sus creencias. En Dios.

Hablaba mi madre el otro día por teléfono con uno de mis cuñados, canadiense él. Me explicó que estuvieron comentando que les llamaba poderosamente la atención que, ante una situación así, no se hiciera ninguna mención a Dios en los principales medios de comunicación. Ni un «si Dios quiere», ni un «gracias a Dios», ni nada parecido. La palabra «Dios» era –decían– como si estuviera de algún modo vetada. No sé si existe alguna consigna específica al respecto; si es que resulta que todos los directores de contenidos de la mayoría de los programas que se emiten en esas cadenas pertenecen, por mor del azar, al 31,7% de la encuesta del CIS; o si ocurre que hablar de Dios, invocarlo o darle las gracias públicamente no sea in, cool o tonterías del estilo. O que no dé audiencia, que también podría ser. Parece que hayan olvidado que, a lo mejor, al 68,3% de los españoles no sólo no les –mejor, nos– molestaría, sino que lo entenderíamos perfectamente e incluso muchos lo agradeceríamos. Que sea más o menos cool, la verdad, nos importa bastante menos.

Yo no es que sea un beato, precisamente. Tampoco creo que lo sean ese porcentaje tan alto de ciudadanos. Se trata simplemente de que nosotros, la mayoría de la población, sentimos, cada uno a su manera, que Dios está en todas partes. Por mucho que parezca como si los medios quisieran esconderlo o que, por alguna desconocida razón, quisieran negar a la mayoría de sus oyentes y telespectadores un pequeño guiño que, cuando menos, en absoluto les molestaría.

Quizás sea porque para no ofender a unos pocos, que suelen gritar más, se prefiere, si eso, ofender a los que acostumbramos a hacer menos ruido e incordiamos menos. Por mucho que éstos seamos una considerable mayoría.

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