¿QUIÉN DIJO MIEDO?

8 SEPTIEMBRE 2020

Caer y levantarse, tantas veces como caídas tengas. Este sería el mantra de la actitud positiva, ese valor que cotiza al alza  (lógicamente, hablo de caída en sentido metafórico, representando al fracaso, al error y a la equivocación).

El carácter positivo o negativo de nuestra actitud viene marcado por la cantidad de veces que nos hayamos demostrado haber sido capaces de, por un lado, levantarnos de una caída, aun magullados o con algún hueso roto; y, por otro, de aprovechar los aprendizajes recibidos de errores previos que hayamos cometido, para aplicarlos a las nuevas iniciativas que afrontemos. Y todo ello –y esto resulta fundamental– conservando intacta nuestra ilusión por el proyecto nuevo o por la siguiente oportunidad que se presente. Intentarlo y fallar, para volverlo a intentar con alguna variante o para probar con alguna otra cosa nueva. Ésa es la clave.

Ocurre que las personas, por lo general y en diferente medida unas de otras, tenemos enquistado en nuestro ADN el temor (que no el miedo) al fracaso y, de algún modo, también una cierta vergüenza a equivocarnos en público. Tenemos excesivo respeto a nuestro desconocimiento, sobre todo cuando se trata de mostrarlo abiertamente ante los demás. Alardear de nuestro saber es un impulso natural que se ve frenado por la mayor o menor humildad que tenga cada uno; mientras que mostrar nuestra ignorancia es algo que sólo escapa al reparo de las personas con fuerte personalidad y, curiosa y significativamente, también de las más sabias.

En el tiempo de confinamiento una empresa me encargó que les enviara un vídeo con un mensaje de contenido positivo para difundirlo entre su personal y su clientela. Decidí grabar uno en el que animaba a la gente a hablar. A lanzarse. A vencer ese temor o esa vergüenza que muchas veces tenemos a decir una tontería o un sinsentido en una reunión de trabajo, por ejemplo. ¿Acaso la ignorancia es un pecado? ¿Un oprobio? ¿Una deshonra? Por supuesto que no lo es. A lo sumo, será una limitación y, en todo caso, subsanable desde el siempre agradecido aprendizaje.

El silencio provocado por la vergüenza y el temor a no estar a la altura son enemigos del progreso. Una idea, la que sea, buena, regular o mala, que no sale a la luz, es una oportunidad que se pierde, una posibilidad de someter algo a valoración que se desvanece o un embrión que se desperdicia, sin otro motivo que haber sentido desconfianza o vergüenza a decir algo que otros pudieran considerar un despropósito. Cuando, en realidad, si lo pensamos bien, la sandez reside, precisamente, en callar, en no aportar la idea que sea.

Nuestra timidez –y nuestra inseguridad–, en este campo, tampoco es que nos resulten de gran ayuda. Pero hay que vencerlas, pelear contra ellas y no darles la partida por perdida sin plantarles cara siquiera. Es posible que la perdamos una vez, dos veces, tres veces… Pero recordemos que de eso se trata precisamente: de fallar y escarmentar del error; de caer y levantarse con la lección aprendida para evitar volver a tropezar con la misma piedra que provocó que nos diéramos de bruces contra el suelo.

Una actitud positiva es un activo personal apreciado en cualquier ámbito y muy especialmente en el laboral. Cualquier empresa persigue conjuntar equipos de trabajo cuyos miembros traspiren actitud positiva por los cuatro costados. Elementos que aporten, que sumen. A la cancha no hay que entrar con miedo a fallar, a equivocarte, sino con total predisposición a reponerte de inmediato si lo haces; con voluntad de volverlo a intentar para enmendar tu tropiezo. Aunque vuelvas a tropezar. Nadie te criticará por esa opinión, esa ocurrencia o esa idea que pasó por tu cabeza pero que te callaste porque la vergüenza o la inseguridad no te permitieron compartirla con los demás. Pero, desde luego, tampoco nadie te felicitará nunca por esa idea a la que le negaste su oportunidad.

Si te caes, levántate. Si fallas, aprende del error. Y, si tienes una idea o una opinión, aprovecha la circunstancia y sácala a la luz sin vergüenza alguna. Recuerda: tu voz puede ser mucho más valiosa que tu silencio.

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