La nueva Blancanieves

10 DICIEMBRE 2019

Leo la noticia de que un berlinés, muy moderno él, contándole a su hija pequeña el cuento de «Blancanieves y los siete enanitos», se percató de que la historia debía ser reescrita para acomodarla a los nuevos tiempos. No podía contar a su hija ciertas cosas, atrocidades, que se dan por normales en la obra original de los hermanos Grimm y contra las que el mundo y, sobre todo, las nuevas generaciones se tendrían que levantar. ¿Qué es eso de que Blancanieves, como agradecimiento a los enanitos por dejarla quedarse en su cabaña, se ofrezca a hacer las labores propias del hogar, mientras ellos se van a trabajar? ¿Cómo que un príncipe se enamora de ella debido sólo a que es muy guapa? ¿Cómo que la madrastra siente envidia de la protagonista precisamente por algo tan superficial como su belleza?

Gracias a Dios que este posmoderno alemán ha aparecido de la nada, para abrirnos los ojos a todos los ingenuos que, durante siglos, no hemos visto en el popular cuento nada más que eso: un cuento que ha entretenido, desde siempre, a niños –y padres– de todo el mundo, alimentando su ilusión e imaginación. Me da rabia haber caído en la trampa y no haber percibido antes en la famosa fábula el manifiesto machista que esconde a todas luces. Dice muy poco en mi favor.

El relato, efectivamente, debía modernizarse y eso es lo que ha hecho este potencial neotalento de la literatura infantil universal, que ha retocado la historia de forma que Blancanieves ahora pasa a ser hija de padre soltero y ya no se casa con el príncipe (perdón por el spoiler) –vaya cursilería–, sino que acaban siendo sólo amigos y marchándose juntos a viajar por el mundo. No aclara la nueva versión si hay derecho a roce o si son follamigos, pero, yendo los tiros por donde van, me da a mí que hemos de darlo por sentado.

Pero eso no es todo. Aún falta lo mejor: los enanitos pasan a ser de ambos sexos y de diferentes etnias. ¡Faltaría más! No sólo hay que ser modernos, sino, también, y por encima de todo, «políticamente correctos». Y, por eso, ahora, entre los enanos, uy, perdón, quiero decir, entre los acondroplásicos o, aún más preferiblemente, entre los personajes-con-movilidad-reducida-capacidades-diferentes-y-diversidad-funcional, encontramos a un latino, un japonés, un subsahariano, una musulmana de oriente medio, una china, una europea y una persona de sexo ambiguo y de origen indio. Palabrita del niño Jesús.

Vaya desconsideración la de los hermanos Grimm al mostrar a un grupo homogéneo de hombres-con-alteraciones-congénitas-en-el-desarrollo-esquelético, cuando en la sociedad coexiste una gran variedad de personas iguales, pero con realidades muy dispares. Los pérfidos y malévolos escritores, aparte de unos machistas empedernidos, demostraron ser unos insensibles de tomo y lomo, asignando una doble discapacidad, acondroplasia y mudez, sólo a uno de los bajitos amigos de Blancanieves (dicho sea con ánimo exclusivo de constatar una realidad y sin pretender ofender a nadie por razón de su estatura). Y, por si fuera poco, se encargan de torturarle miserablemente durante toda la obra, al ponerle por nombre, nada más y nada menos que «Mudito». Pura crueldad.

Ahora que, para mi gusto, este ocurrente y supermoderno neoautor teutón se ha quedado corto en la adaptación.

Puestos a modificar la historia, por qué no hacerlo con algunos elementos más, aunque sean accesorios y, siempre, eso sí, en aras de evitar herir las susceptibilidades de los yihadistas de lo «políticamente correcto», eternos guardianes de las minorías oprimidas y siempre prestos a levantar su voz en defensa de éstas (incluso, cuando ellas mismas guardan silencio ante la presunta ofensa, que no han tenido la sutileza de percibir).

Así, entre los iguales-al-resto-con-plenos-derechos-y-consideración-no-obstante-su-menor-estatura-respecto-a-la-media, yo propondría, por ejemplo, un mayor reconocimiento a las posibles diferencias de orientación sexual entre ellos. Encuentro ciertamente discriminatorio que, en el modernizado grupo de Sabio, Feliz, Gruñón y compañía, el reescritor alemán haya incluido sólo a una persona de «sexo ambiguo». Yo habría sido más moderno y más «políticamente correcto», y, por ello, habría reconformado a la peña de bajitos-por-mor-de-la-naturaleza-y-absolutamente-parejos-a-cualquier-semejante, con una persona hetero, una gay, una trans, una lesbiana, una bisexual, una intersexual, una queer y una «+» (estas dos últimas no sé lo que son pero, documentándome, acabo de descubrir que también las hay). Con esto cubriríamos –a día de hoy– todo el abanico LGTBIQ+.

No se me escapa que, con ello, la cuadrilla aumenta en un miembro (en el sentido de individuo). Pero eso son nimiedades. De hecho, destapada la caja de Pandora, engrosaría mucho más el grupo, incluyendo, entre otros, a un judío, un aborigen australiano, un kurdo, un esquimal, un mahorí, un azteca, un mongol y, por qué no, ya puestos, también a un Hare Krishna que representase mi reconocimiento a todas las religiones, mayoritarias o minoritarias, y a la diversidad de cultos. Eso para empezar. Dudo si del musulmán haría dos personajes, un suní y un chií, para no molestar ni a unos ni a otros, que nunca aceptarían ser metidos en un mismo saco. Y, por supuesto, añadiría a un pakistaní, para no discriminarlo ante la inclusión del indio. Cada uno de ellos (perdón, y/o ellas), por solidaridad con el pobre Mudito, debería igualmente tener una discapacidad adicional, de modo que amputaría algunas extremidades, sentaría a alguien en una silla de ruedas y, probablemente, se rifasen por ahí alguna que otra ceguera, parálisis cerebral y enfermedad rara.

A lo mejor el libro tendría que ser retitulado y llamarse entonces algo así como «Blancanieves y los treinta y tantos seres-humanos-con-elementos-diferenciales-y-habilidades-especiales-que-merecen-pleno-reconocimiento-y-consideración»; pero, eso sí, desde el punto de vista de lo moderno y de lo «políticamente correcto» –que es lo que de verdad cuenta hoy en día– me quedaría una obra irreprochable que demostraría una enorme sensibilidad. Vamos, que, desde ese prisma, me quedaría el cuento absolutamente niquelao.

 

 

 

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