LECCIÓN APRENDIDA

23 MARZO 2017

Viajando el otro día en coche a Madrid con un amigo de la infancia, comentábamos las locuras que cometíamos al volante cuando éramos jóvenes. Jóvenes de treinta y tantos bien cumpliditos, todo hay que decirlo…

En aquella época no era raro ver a coches que circulasen a 200 km/h (y más) por las autopistas, y nosotros no éramos una excepción. La inconsciencia, más propia de un adolescente que no de una persona ya casada y con hijos, nos autoconvencía – pobres ingenuos – de que nosotros dominábamos la situación y que controlábamos perfectamente todas las circunstancias. Sólo hoy nos damos cuenta de que cada vez que cogíamos el coche, por una autopista especialmente, comprábamos boletos y más boletos para una rifa que, afortunadamente, nunca nos tocó. Bueno, a mí sí, una vez.

Los dos, mi amigo y yo, coincidíamos absolutamente en esta apreciación.

Cuando él tomó los mandos del volante – nos turnábamos en la conducción – comprobé que conducía algo más rápido que yo; pero como ya estábamos cerca de nuestro destino, y el tráfico que te encuentras a medida que te acercas a Madrid te impide ir demasiado deprisa, la cosa quedó sólo en una anécdota. Sin embargo, en el viaje de vuelta, el coche lo llevó él en todo momento.

Desde luego, no iba prácticamente a toda la velocidad que permitía el coche, como hacíamos en nuestra juventud; pero sí que lo hacía a esa velocidad que tontea peligrosamente con los límites que aconseja la prudencia, y que te mantienen en un estado más próximo a la tensión que no a la despreocupación absoluta. No iba como un loco, como lo hacíamos en nuestros años mozos, pero desde luego, entre ir un poquito por debajo o un poquito por encima de lo razonable, la elección caía siempre de este último lado. Era como si tuviera una necesidad de apurar en todo momento para acercarse al máximo, sin llegar a rebasarlo, a ese punto en el que el peligro ya aparece indiscutible.

Parecía como si se le hubiera olvidado todo lo que él mismo decía en el viaje de ida sobre la insensatez y la nula importancia de ganar tiempo en la carretera (y más si no tienes hora alguna de llegada…). Parecía mentira que esa misma persona fuera la que ahora se acercaba demasiado a los coches que se interponían en su camino, obligándole a reducir la marcha; la misma que les hacía “largas” para que se apartaran, mientras los maldecía continuamente; la misma persona que se impacientaba porque el coche de delante le hacía perder tiempo en un peaje (¿Cuarenta segundos? ¿Un minuto?). En definitiva, resultaba chocante  comprobar cómo su propio discurso sobre la imprudencia quedaba absolutamente en agua de borrajas.

Un frenazo repentino, un reventón inoportuno… Cualquier imprevisto a aquella velocidad no demencial pero sí innecesaria nos hubiera puesto, por mera estupidez, en mayores apuros que los que son inevitables.

Pese a ello, no dije nada. Callé como un idiota y dejé que siguiera conduciendo todo el viaje a la misma velocidad, apurando  constantemente el límite de la insensatez.

Finalmente, llegamos a casa y eso normalmente hace que ya te olvides de todo. Pero no fue así, al menos para mí.

Mi amigo fue un insensato, cierto; pero yo lo fui doblemente por no hacérselo notar. Todavía me da rabia no saber el motivo por el que no lo hice. No encuentro explicación posible. ¿Para no molestarle? ¿Para no “quedar mal”? ¿Para evitar una discusión que, además, con toda probabilidad no se hubiera producido? ¿Por una especie de ridícula vergüenza a mostrar mi intranquilidad y mi desaprobación? Si él – salvando las distancias – volvió a cometer los mismos errores que en la juventud, yo ni os cuento… Me callé igual que lo hubiera hecho  a los treinta años si mi amigo hubiera ido conduciendo a 200 km/h. Y lo peor: sin motivo alguno.

Pero no volverá a ocurrir. Callar cuando tus palabras no pueden conducir a nada malo, más al contrario, sólo pueden reportar algún beneficio, es el mayor de los sinsentidos; como lo es igualmente percatarte de un defecto o error palpable y no hacer nada para ponerle remedio. Y, sin embargo, callamos muchas veces y repetimos los mismos errores. La vida es un proceso constante de aprendizaje y mal haremos si desaprovechamos las cosas que aprendemos. Entonces, el aprendizaje resulta estéril.

A los amigos se trata de hacerles favores, no de negárselos. Por eso, en lo sucesivo quizás pueda molestar a alguien con algún comentario que pueda llegar a hacer; pero si con ello hago un bien – o puedo evitar un mal – bienvenido sea el malestar que pueda generar, que, además, a buen seguro será momentáneo. No espero que ese alguien me lo agradezca; sólo espero no tenerme que echar en cara yo mismo el no haber evitado una situación indeseable por algo tan absurdo como no haber aplicado una lección que previamente había aprendido.

 

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