Qué mal, qué horror, qué vergüenza…¡Cuánta queja!

29 FEBRERO 2016

¿No os aburre esa gente que no para de quejarse por todo? A mí es de las cosas que más me carga…

A ver, la queja es algo necesario; ¡como si yo no me hubiera quejado nunca! Pero me refiero a esas personas que, a la hora de valorar los cometidos de los demás, difícilmente ven el motivo de halago o agradecimiento pero que, en cambio, tienen una extraordinaria facilidad para ver todo lo que no se ha hecho bien – a su entender, claro – o incluso no se ha hecho tan bien como se podría haber hecho.

Desde este prisma, diría que todos somos encasillables en una de estas tres categorías:

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  • Los agradecidos
  • La mayoría silenciosa
  • Los malcontentos.

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Los primeros son los más reducidos en número. Son los que centran su atención en todo lo positivo que encuentran a su paso: la ilusión con que un empleado ha llevado a cabo un cometido (con mayor o menor acierto, eso es secundario), la buena intención de las personas, el esfuerzo, la dedicación, etc. Valoran mucho más las intenciones que los resultados, y entienden las equivocaciones que se puedan cometer, porque también les podría haber pasado a ellos. Están siempre abiertos a restar importancia a los errores, salvo que sean catedralicios. Por lo general, son gente empática y agradable en el trato.

A la mayoría silenciosa, en principio, todo le está más o menos bien. No exterioriza demasiado ni el halago ni tampoco el reproche. Son más de apoyar la opinión – positiva o negativa – de un tercero que de emitir un juicio propio, probablemente porque ni siquiera habían reparado en aquello sobre lo que se opina. Las cosas se podrían mejorar, pero si no, tampoco pasa nada. Al ser un grupo tan numeroso, en él puedes encontrar todo tipo de personas: más simpáticas y menos, más extrovertidas y menos, etc.

Y luego están los que parece que ya se levanten buscando lo que no está bien; la queja y el despotrique son sus estandartes y el hábitat en el que se desenvuelven con mayor soltura. Reconocer los méritos ajenos parece que sea contrario a su religión. No es su culpa, es sencillamente que no los ven, tienen esa triste incapacidad. Lo que se hace bien es normal y, por lo tanto, no llama la atención ni merece una aprobación. Ahora, amigo… tienen una capacidad asombrosa para criticar a los demás y las cosas que hacen. No entienden cómo se pueden hacer tan mal las cosas, con lo fácil que resulta hacerlas bien (por supuesto, bien a su juicio, que es el único que vale). Suelen ser personas de afabilidad limitada y fácilmente quebrantable.

Conozco a más de uno así y ¿sabéis qué? No veo que rezumen felicidad. Creo que necesariamente han de tener algún punto de amargura en sus vidas. Sonríen mucho menos que los del primer grupo, desde luego. Y eso ya resulta significativo…

¿Dónde os encuadrarías vosotros? Si estáis dentro del tercer grupo ¿no os gustaría salir? A mí, desde luego, me encantaría. Y me esforzaría en ello. Pero podéis apostar que a mí, entre los agradecidos y los quejicosos, me encontraréis siempre más cerca de los primeros.

Por cierto, gracias por leerme. 😉

2 comentarios para "Qué mal, qué horror, qué vergüenza…¡Cuánta queja!"

  1. Blanca Rodriguez Vivo - 10 marzo, 2016 (9:49 pm)

    Sebas:acabo de leer tu escrito en relacion con las quejas y me ha encantado.
    Pienso q tiene mucho q ver con la alegria interior de cada uno.todos tenemos derecho a ella pero hay que sacarla del deber cumplido de la renuncia al propio yo.la alegria es una necesidad en la vida y te lleva a ser feliz en cada momento.y te da una fuerza inmensa para relacionarte. Principalmente con la familia

    1. Sebas Lorente - 10 marzo, 2016 (10:33 pm)

      Muchas gracias, Blanca. Me alegro de que te haya gustado! 🙂

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