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Náufrago con chaleco

3 FEBRERO 2016

En ocasiones, de forma tan inexplicable como traicionera, la vida te pega una bofetada que, literalmente, te deja K.O., sin capacidad de reacción y, lo que es peor, sin ofrecerte una posible solución al problema. El golpe te sume en un estado de shock del que no se puede salir fácilmente ni, desde luego, en el corto plazo.

Y digo esto porque el otro día me enteré de un suceso trágico, espantoso. La joven hija de un conocido, una chica brillante, agradable, absolutamente normal y sin que nadie le conociera problema alguno, decidió, para sorpresa de todo el mundo, dejarlo todo y a todos. Sin más. Sin explicación y sin despedirse más que con un simple “me voy un momento” dicho a su padre apenas quince minutos antes del trágico desenlace, y un par de horas antes de que se personase la policía en su casa para comunicarle la desgraciada noticia.

Cómo se te debe quedar el cuerpo, no puedo ni imaginármelo…

¿Qué le puedes decir a alguien que sufre semejante batacazo? Desde luego, al principio, ni se enterará de si le has dicho algo o no. Estará en una nube, sumido en su dolor, intentando encontrar alguna explicación. También es posible que pretenda autoinculparse, en una reacción tan comprensible como infundada.

Sin duda, el primer aliado que tendremos que buscar es el tiempo. “El tiempo lo cura todo” – dicen.  Pero me temo que dicen mal. Yo no creo que el tiempo pueda curar una herida tan grande. Sin embargo, sí que ayudará a que se vaya cerrando, poco a poco, hasta que sólo quede una gran cicatriz; enorme, pero una cicatriz. “La vida sigue” – también se oye frecuentemente cuando alguien nos deja. Y es verdad. La vida no para, continúa siempre su camino y la hará con nosotros transitando por él. Por eso creo que debemos afrontarla siempre de la mejor manera posible; y digo “posible” porque habrá ocasiones en las que, simplemente, no será posible afrontarla con ilusión. Pero la ilusión es como una llama: puede estar a punto, a punto de consumirse; pero mientras no se haya extinguido totalmente – cosa inimaginable para mí – siempre se puede reavivar.

Tirar la toalla no es una opción mientras exista camino por delante. Nunca. En el camino podemos llevar una mochila pesada, llena de arena, sabiendo que la llevaremos hasta el final; pero si hacemos un pequeño agujerito en la mochila por el que vaya perdiendo arena, aunque nunca se vacíe del todo, cada día será algo más ligera y, así, llevadera. Incluso a lo mejor conseguimos que haya días en que nos olvidemos que llevamos la mochila. Y ese ha de ser el objetivo cuando sufrimos un revés que nos deja groguis: acercarnos todo lo que podamos a lo que es nuestra normalidad, apoyándonos en nuestros seres cercanos, en nuestro trabajo o en cualquier elemento que nos pueda ser útil.

Siempre digo que, ante una fatalidad aparentemente irremediable, somos como náufragos que caen por la borda de un barco que se está hundiendo: algunos se abandonarán a su destino; pero otros, por si acaso viene alguien al rescate o aparece cualquier otro resquicio de salvación, se pondrían un chaleco salvavidas. Yo seguro que sería de estos últimos.

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