Una sonrisa, por favor

3 DICIEMBRE 2015

La gente, por lo general, sonríe menos que lo que debiera, y eso es una mala cosa. Las personas tendemos más a ser hurañas con los extraños, que no al contrario. Basta con observar la actitud que habitualmente tenemos cuando alguien, un desconocido, se nos queda mirando: nos incomoda y consideramos esa simple mirada – que puede ser de halago, de curiosidad o de cualquier otra cosa inofensiva – como una especie de agresión a nuestra intimidad. No es de extrañar que respondamos con un desafiante “¿se puede saber qué miras? ¿Te pasa algo?”, o cualquier exabrupto parecido.

Probablemente, esta actitud negativa y defensiva tenga alguna explicación en el mundo de la psicología; pero desde luego, no parece tener cabida en el campo de la razón.

Si pensamos en qué agradecemos más, si una sonrisa o una mirada esquiva y seria, se me hace difícil entender que alguien pueda escoger la segunda opción. Y siendo así… ¿por qué no la regalamos nosotros mismos con mayor frecuencia? Es decir, si sabemos – o imaginamos – que con algo tan sencillo como una mirada, una sonrisa o un “buenos días” cuando otro cruza su mirada con la nuestra, causamos mejor efecto en los demás ¿tanto nos cuesta conceder ese segundo de amabilidad?

A quien nos mira cuando estamos parados en un semáforo, a quien entra en un ascensor y sube unos cuantos pisos con nosotros, al conductor del autobús, al camarero, dependiente o funcionario que nos atienda en un establecimiento… ¡tenemos tantas y tantas ocasiones a lo largo del día para empezar con buen pie una relación, por fugaz que la misma vaya a ser! Cierto es que, en muchas ocasiones, no servirá de nada y tu buena actitud no se verá correspondida por la otra parte, pues a menudo te esfuerzas por ser amable y te das cuenta de que chocas contra una roca inquebrantable; pero al menos, tú ya habrás cumplido con tu parte, con lo que está en tu mano, y tampoco habrás perdido nada en el intento.

Ahora bien, no es menos cierto que también ocurrirá no pocas veces que, precisamente gracias a tu actitud amable – que incluso puede resultar chocante para quien no se la espera – tu interlocutor momentáneo sea permeable a esa amabilidad y sustituya, aunque sea por una vez, precisamente contigo y en ese momento, su habitual gesto sombrío y mirada esquiva por un trato más cordial.

Una sonrisa, un gesto amable, un poco de buena educación o una mirada franca facilitan mucho la convivencia y, a menudo, desarman a quien es reacio a emplear estos mismos gestos contigo. Y no cuestan mucho de usar, creedme.

Se acerca la Navidad y el nuevo año, tiempo que – no sé muy bien por qué – se suele utilizar como punto de partida para nuevos propósitos. Pues dejadme proponeros uno bien sencillo: intentad ser amables, al menos, una vez cada día, en situaciones en las que normalmente no tiraríais de amabilidad; en situaciones en que a vosotr@s mism@s os choque mostrar una actitud amable; incluso – y especialmente – con alguien que, de buenas a primeras y por cualquier motivo frugal, no merezca vuestro aprecio. Os sorprenderán los resultados: recibiréis la recompensa de ser pagados – en ocasiones – con vuestra misma moneda; puede incluso que por aquell@s que hagan una excepción con vostr@s, abandonando por un momento su habitual actitud agria. Y lo que es mejor, veréis lo bien que os sentís al dedicar al prójimo cada vez más sonrisas y cada vez menos gestos de indiferencia. Tú sonríes, tú ganas 🙂

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