Invictus: ¿una meta inalcanzable?

10 DICIEMBRE 2015

Cuando Nelson Mandela alcanzó el poder en Sudáfrica en el año 1994, el escenario que tenía ante sí era ciertamente complicado, a la vista de sus aspiraciones políticas de construir una nación sobre la base de la reconciliación entre dos bandos que llevaban casi cincuenta años pseudoconviviendo en profundas condiciones de desigualdad: la minoría blanca, protegida por toda suerte de derechos; y la mayoría negra, desprovista de los mismos.

Dicha reconciliación encontraba principalmente la resistencia de buena parte de la minoría blanca, que no quería ser privada de algunos de los privilegios que ya tenían asumidos como algo natural.

Para lograr su objetivo, el presidente Mandela tuvo una ocurrencia: utilizar el deporte, y concretamente la Copa Mundial de Rugby que iba a albergar su país al año siguiente. La selección sudafricana de rugby, conocida como los Springboks, no gozaba de popularidad entre la población negra del país, que identificaba a los Springboks con las instituciones del anterior régimen del apartheid. Pero Mandela convenció a las autoridades deportivas sudafricanas – de mayoría negra – para que mostrasen públicamente su apoyo a la selección nacional de rugby; y, por otra parte, convenció a François Pienaar, capitán de la selección, de que el triunfo en la competición mundial impulsaría la reconciliación y la hermandad entre las dos comunidades todavía distantes.

Así, los Springboks, por orden del gobierno, empiezan a acercar el rugby a la comunidad negra mediante sesiones de entrenamiento, y sus jugadores comienzan también, poco a poco, a interactuar y a compartir experiencias con los miembros de dicha comunidad. El fin último de lograr un acercamiento, incluso un hermanamiento, entre ambas comunidades a través del rugby era acogido, pero, con ciertas reticencias por algunos sectores tanto de una como de otra comunidad.

Con las primeras victorias de los Springboks en la Copa del Mundo, la nación sudafricana empezó a vibrar con su selección. Todos. Blancos y negros mezclados como nunca antes. La comunión entre el equipo y el “nuevo” pueblo que lo apoyaba dotó a los Springboks de un plus que les permitía suplir sus carencias deportivas frente a rivales más poderosos, y les llevó en volandas hasta la final del torneo. Antes de disputar la final, el equipo visitó la prisión donde Mandela había permanecido encerrado buena parte de los 27 años de condena que sufrió. Saber que Mandela había perdonado a quienes le habían encerrado en aquella celda durante todo ese tiempo, impresionó e impactó en esos jóvenes, que entendieron que la posibilidad que tenían ante sí de colaborar a una reconciliación histórica, no la podían desaprovechar. Se encontraron de pronto ante la oportunidad de ayudar a sustituir odio por perdón y convivencia. Y no era cuestión de desaprovechar esa oportunidad.

Jugaron la final y la ganaron. Johannesburgo y toda la nación se convirtió en una fiesta en la que todos, blancos y negros, celebraron juntos, como una sola nación, una gesta que trascendió fronteras y llegó al mundo entero.

Esta es la historia que inspiró a John Carlin a escribir el libro “Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game That Changed a Nation”, en el que, a su vez, se basó la famosa película de Clint Eastwood “Invictus”.

Algo tan grande y casi quimérico como intentar hermanar dos comunidades tan enfrentadas como lo estaban las de blancos y negros en la Sudáfrica de principios de los 90, y hacerlo a partir de una competición deportiva que inicialmente era despreciada por la comunidad negra, era algo que muchos hubieran calificado como misión imposible, como una meta inalcanzable. Pero se logró. Y, a mi juicio, se logró en buena medida gracias a que quien se había marcado esa meta tan extremadamente difícil, no se arrugó ante la dificultad de la misión; creía en ella y utilizó como armas el perdón y la ausencia de rencor frente a quienes le habían condenado a la cárcel de por vida. La firmeza de su ideal, el mirar adelante y no hacia atrás, relegaron cualquier resquicio de odio a un ulterior plano. Y el resultado fue hacer historia.

“Invictus”, y más aún la historia en que se basa, me reforzaron en la creencia de que no debemos apocarnos nunca ante un objetivo, por difícil que sea alcanzarlo. También aprendí que el perdón y la ausencia de odio, incluso en situaciones en las que casi podrían ser inimaginables, pueden ser armas de gran valor para alcanzar metas. No son armas de destrucción, sino de construcción. Lo realmente difícil es saber cuándo y cómo deben administrarse.

2 comentarios para "Invictus: ¿una meta inalcanzable?"

  1. María José - 22 diciembre, 2015 (12:59 am)

    Sebas, me parece estupendo que tengas un espíritu tan positivo y a la vez, realista. Hay que buscar siempre salidas y alternativas que no te perjudiquen como persona. Debemos creer en los avances científicos y tecnológicos. La actitud que tomemos será la que marcará la pauta de nuestra felicidad, ya sea con enfermedad ó sin ella.
    Un abrazo,

    1. Sebas Lorente - 22 diciembre, 2015 (8:36 pm)

      Gracias por tu comentario, María José. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Un saludo y felices fiestas!

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