Asustar vs animar: diferentes maneras de enfocar un problema

17 DICIEMBRE 2015

El pasado domingo día 13 se celebró “La Marató de TV3”, que este año se destinó a recaudar fondos para luchar contra la diabetes y la obesidad. Vi a ratos el programa y vi que se incidió bastante en los niños y adolescentes que adquirían la enfermedad y se iniciaban en la misma. Me sorprendió bastante el enfoque que se dio a esta cuestión.

Se presentó al nuevo diabético como un enfermo que tenía que estar sometido, en lo sucesivo y de por vida, a un exhaustivo control, tanto de su nivel de glucemia (con varios controles – y consiguientes pinchazos – diarios), como de los alimentos a ingerir en cada comida. Y es verdad que has de controlar tanto lo uno como lo otro; pero tampoco se trata de asustar al paciente. También observé que se repetían más de una vez las complicaciones que pueden acompañar a la diabetes y sus graves consecuencias: se hablaba de ceguera, amputaciones y complicaciones renales, así como de que la diabetes reduce en no sé cuánto la esperanza de vida del afectado. Me dio la sensación que el programa no podría infundir demasiados ánimos a alguien a quien le acabasen de diagnosticar diabetes, más bien al contrario. Y yo creo que se trata más de desdramatizar la situación (que no tiene nada de dramática) y de animar a quien se inicia en una nueva etapa de su vida.

Yo soy diabético desde hace treinta y tres años, que no es poco. La diabetes es una mala compañera de viaje, pero no puedes cambiarla, así que… ¡a llevarla de la mejor manera posible!

Si tienes que comunicar a alguien que padece una enfermedad que no tiene – de momento – curación, entiendo que lo que menos le apetecerá es que le remarques, de buenas a primeras, todas las complicaciones y consecuencias negativas que la misma puede acarrear. Y más si se trata de un adolescente o un niño. En primer lugar, quién narices sabe si la diabetes continuará existiendo dentro de unos años, o si la ciencia y los avances médicos terminarán con ella o paliarán sus efectos hasta reducirlos a la mínima expresión. ¿Acaso una dosis de optimismo y desdramatización no amortiguaría más el golpe a quien se le comunica que padece la enfermedad?

Mi discurso para un neodiabético (un “debutante”, decían en el programa; debe ser la nueva forma “políticamente correcta” de llamar al diabético de nueva cuña) seguro que iría más en esta línea: “No te preocupes lo más mínimo, que tu vida no va a cambiar en casi nada. Puedes seguir haciendo TODO lo que has hecho hasta ahora; lo único que ya no podrás comer cosas que lleven azúcar y tendrás que controlarte un poco las comidas; pero verás, es muy fácil y enseguida le coges el tranquillo a lo que puedes comer y a lo que no, o a lo que tienes que limitarte un poco.”. Lo demás, lo negativo, ya lo irá averiguando poco a poco, ya tendrá tiempo.

Restaría toda importancia al tema de los pinchazos (causan cero dolor y, si te da angustia pincharte, a los dos días ya la habrás vencido) y, por encima de todo, le aconsejaría que no se obsesionase con la enfermedad y que la llevara con total naturalidad; que hay millones de personas diabéticas, que hacen una vida totalmente normal y que no están todo el santo día haciéndose controles y comiéndose el coco por lo que comen o dejan de comer.

En definitiva, trataría de infundir un mensaje de ánimo y de tranquilidad, de normalidad y continuidad con el mismo tipo de vida, introduciendo sólo algunos nuevos hábitos que para nada te van a amargar. De lo negativo, si viene – que está por ver si vendrá –, ya tendrás tiempo de ocuparte en su momento y en su caso.

Este sería mi discurso sincero (porque creo en cada palabra del mismo), que creo bastante más constructivo. Mejor ahuyentar temores y reducir preocupaciones que no al contrario. Y el discurso no vale sólo para la diabetes, sino también para cualquier otra enfermedad que, a día de hoy, pero no sabemos mañana, no tenga curación.

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