¿Imponer o animar? Esa es la cuestión

12 NOVIEMBRE 2015

Siempre es bueno contar con apoyos en la búsqueda de los sueños, y especialmente es aconsejable encontrarlo en las personas que te son más cercanas, para verte así envuelto en un clima de soporte emocional que, sin duda, te ayudará más que te perjudicará.

Pero no siempre ocurre así. Y hoy, para hablaros del ejemplo contrario, voy a utilizar el argumento de una película, titulada “Billy Elliot”.

Nos remontamos a la Inglaterra de 1984, cuando un grupo de mineros en huelga se enfrentan a la policía. En medio de la manifestación está Jackie Elliot (interpretado por Gary Lewis), el padre de Billy, quien está obsesionado con que su hijo vaya a clases de boxeo. El pequeño Billy (interpretado por Jamie Bell) no es muy ducho en estas artes y por tanto se aburre encima de un ring. Un día, en el gimnasio, el joven Billy mira embelesado la clase de ballet de la señorita Wilkinson (interpretada por Julie Walters), quien le anima a probar. Es entonces cuando Billy descubre que su verdadera pasión es la danza y que, además, se le da bien. Su padre le tacha de ser gay, de falta de hombría, le prohíbe terminantemente seguir asistiendo a las clases de ballet, etc.; pero Billy, pese a esa abierta oposición por parte de su padre –duro escollo para un adolescente- continúa adelante con su pasión, con su sueño y, con valiente actitud, se enfrenta a los estereotipos que le son contrarios para llegar hasta donde se había propuesto.

Foto Billy Elliot

Desde el punto de vista del protagonista, la reflexión que yo extraigo es, evidentemente, que hemos de confiar en nosotros mismos. Hemos de confiar en nuestras propias posibilidades y luchar por ellas. Pero… ¿y desde el punto de vista de padre? ¿Qué reflexión saco de esta historia? ¿Hasta dónde pueden contar mis hijos con mi apoyo?

Entiendo que no es pregunta baladí y la respuesta no es tan fácil como parece. No vamos a cuestionar obviedades como que todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Se sobreentiende. Lo que me cuestiono es si lo que yo creo que es lo mejor para ellos lo es en realidad, y si debo apoyarles cuando apuntan a una dirección contraria que yo, por los motivos que sean, considero inapropiada. En otras palabras ¿debería apoyar a mi hijo o hija si quisieran ser bailarín, artista o cualquier otra profesión vocacional que no tuviera las mismas salidas que otras profesiones más convencionales, sino más bien al contrario?

Creo –y espero– que mi papel sería el de aconsejar desde la experiencia. Explicar las consecuencias, poner ejemplos si los conoces, abrir los ojos a una realidad que quizás yo puedo conocer y mi hijo, por su juventud, puede ver distorsionada. Intentar abrirle una ventana al futuro, que lo vea; y explicarle cómo es el futuro que yo le presumo –las situaciones son cambiantes y el futuro no lo podemos conocer– por el otro camino. Y esto hasta que alcance el punto de madurez adecuado, que en cada caso será en un momento distinto, pero que debemos ser capaces de reconocer con independencia de si el hijo ha variado o no su punto de vista. Y, a partir de ese momento, incluso a contracorriente, pienso que deberíamos mostrar todo nuestro apoyo a su decisión. Más allá del futuro profesional de cada uno, está la felicidad que te supone el sentirte arropado por los tuyos. No le puedes negar a tu hijo la aportación de este pequeño granito de arena para su felicidad. Seguro que, en esto último al menos, coincidimos todos.

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