UN VIAJE A LA INDIA

29 AGOSTO 2016

Mucha gente aprovecha las vacaciones para hacer algún viaje. Especialmente cuando el viaje ha sido a algún lugar remoto, exótico o culturalmente distinto a lo que estamos más acostumbrados, es habitual que hablemos con cierta fascinación de aquello que acabamos de conocer.

Una amiga mía tenía ganas de viajar a la India desde hacía tiempo. Y lo ha hecho este verano, acompañada por su hija de veintipocos años. Más que viajar a la India en sí – que también – querían conocer en primera persona la labor que desarrolla en aquel país la fundación Vicente Ferrer.

Fascinación es un término demasiado light para describir lo que nos transmitía cuando nos contaba el viaje y la experiencia. A medida que recordaba situaciones y momentos vividos, nos mostraba los brazos de vez en cuando para que comprobásemos cómo se le ponía la piel de gallina. Cada una de sus palabras estaba cargada con un plus de intensa emoción que, de alguna manera, trascendía a cada uno de los que la escuchábamos interesados y, en mi caso, no exento de cierta envidia sana.

Me dio la sensación que la superlativa fascinación que exudaba, obedecía – básicamente – a que ella y su hija habían descubierto el verdadero significado de un concepto que todos conocemos, pero quizás no en la medida que ellas llegaron a descubrir: el altruismo.

Ayudar por ayudar, no buscar nada a cambio, dar sin esperar recibir… Éste fue el aire que estuvieron respirando durante su estancia en la fundación, que llegó a embriagarlas completamente. Apadrinaron a una niña india, que de esta manera recibirá una educación con la que ni siquiera podía soñar. La veinteañera hija de mi amiga, nada más regresar a España, empezó a buscar diferentes opciones de voluntariado en ONGés para un futuro próximo. Todo perfecto, admirable y ejemplar.

En temas de ayuda a desfavorecidos, niños fundamentalmente, yo suelo cometer un error. Es como cuando confundes el nombre de alguien: sabes perfectamente cómo se llama, pero siempre le llamas de otra manera. Pues bien, cuando pienso en ayuda a (niños) desfavorecidos, pese a saber que existen infinidad de organizaciones con vocación local dirigidas a prestarles ayuda, tiendo a trasladarme mentalmente a lo que conocemos como el tercer mundo: África, Asia, zonas de Latinoamérica… Digamos que me vienen a la mente imágenes de niños de otras razas o etnias, no occidentales. Sin embargo, no hace falta que viajemos tan lejos si queremos simplemente ayudar. Quizás sea más cool, es posible; pero podemos igualmente ayudar sin movernos de nuestra ciudad. El tema es querer hacerlo, querer ayudar a los demás, como sea y donde sea; ejercer el altruismo en su esencia misma, que no entiende de lo que es más o menos cool. Afortunada y desgraciadamente a la vez, el abanico de posibilidades es amplísimo: rehabilitación de toxicómanos y alcohólicos, ayuda a instituciones tutelares de menores abandonados y/o con discapacidad, comedores sociales, hospitales, residencias de ancianos… no acabaría.

El altruismo no entiende de formas: desde dar dinero y que otros se ocupen hasta involucrarte en la ayuda personalmente. Todo sirve y todo está igual de bien. Ahora bien, lo segundo tiene una mejor recompensa: no conozco a nadie que, por mucho dinero que haya podido llegar a dar para ayudar a los demás, haya sentido lo que siente el que se ha involucrado activa y personalmente en ayudar al necesitado, el que ha dedicado su tiempo (una parte) a ello. Lo que se siente cuando recibes una simple mirada o una sonrisa de agradecimiento profundo merece la pena vivirlo, engancha. Recibes mucho más de lo que das; lo que no deja de ser paradójico, pues recibes precisamente cuando no esperas recibir nada a cambio.

Imagino que much@s estaréis de acuerdo con lo que digo. Lo consecuente sería entonces ponerse manos a la obra y tomar una decisión: “Es verdad. A partir de ahora voy a dedicar una pequeña (inapreciable) parte de mi tiempo a ayudar a gente necesitada; como sea, ya encontraré la manera, que hay mil distintas”. De esta forma, quien no la conozca ya, descubriría esa extraordinaria sensación de la que os he hablado. Y os aseguro que vale la pena. El que no la conoce puede pensar, en su ignorancia, que exagero; pero el que la conoce sabe que no.

Pero me temo que mi natural optimismo no llega tan lejos. ¿Cuántos realmente vamos a dar ese paso, hacer lo que no hemos hecho antes? ¿Cuántos vamos a empezar a “perder” una hora a la semana – por decir algo – para dedicarla altruistamente a ayudar a los demás? Muy pocos, es la realidad. La comodidad es nuestro principal enemigo en este campo. Y excusas, por supuesto, encontraremos todas las que queramos y más.

Ojalá que, a partir de ahora, a algun@ más se le ponga la piel de gallina al contar su experiencia personal solidaria. En Nepal, en la India o sin salir de su barrio o ciudad.

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