LÍDERES ANÓNIMOS.

30 AGOSTO 2017
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Dicen que a base de repetir mucho una cosa, la gente se la acaba creyendo, aunque no sea cierta. De esta máxima se nutren tanto los simples bulos sin importancia, de vida efímera, como campañas perfectamente orquestadas que tienen por finalidad lograr el liderazgo de un pueblo, aunque sea a costa de engañarlo. El mayor ejemplo lo encontraríamos en la Alemania nazi, que aplicó a pie juntillas el aforismo que hizo famoso su ministro de propaganda, Joseph Göbbels: «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad».

Por supuesto que, literalmente, esto nunca será así, pues tanto la mentira como la verdad son, por definición, conceptos invariables. Lo que quería decir Göbbels es que, a base de repetir machaconamente cualquier aseveración, se puede llegar a convencer de su certeza a todo aquel que no conozca a ciencia cierta su falsedad.

Hoy en día, encontramos numerosos profesionales (yo mismo sería uno) que se dedican a la disciplina de la autoayuda y el desarrollo personal. Y me llama poderosamente la atención que la gran mayoría de ellos utilizan como referentes, casi de forma exclusiva, a las personas que han alcanzado un éxito notorio y han logrado importantes logros, especialmente en su vida profesional. En sus libros y conferencias palabras como «ganador», «líder» o «éxito» son una constante que se repite hasta la saciedad, y a veces parece como si quisieran dividir el mundo en tres categorías, que podríamos llamar los «buenos», los «candidatos» y los «malos». Los primeros serían todos aquellos que en sus vidas han superado metas, han alcanzado logros importantes, no se han hundido ante la adversidad y tienen una notable capacidad para el liderazgo; los «candidatos» serían los que son susceptibles de promocionar algún día a la categoría superior –la de los «buenos»– por su predisposición favorable a conseguirlo (este grupo es el que mayoritariamente compra sus libros y acude a sus conferencias); y los «malos», serían todos los demás.

Esta es la sensación que me queda después de haber leído «Aprendiendo de los mejores», un más que recomendable libro de F. Alcaide que recoge reflexiones de más de cincuenta personalidades, algunas reconocidas en el campo del pensamiento (como el Dalai Lama, Gandhi, Sun Tzu, Osho o la madre Teresa de Calculta) y otras en el del emprendimiento y la empresa (como Bill Gates, Steve Jobs, Ferran Adrià, Jeff Bezos o Jack Welch). Mientras que las reflexiones de los primeros, referidas mayormente a lo espiritual, se centran principalmente en las virtudes y defectos de las personas, las de los gurús del emprendimiento se centran, sobre todo, en el éxito: hemos de tener éxito, y si no lo tenemos, hemos de buscarlo como sea. Esa parece que sea nuestra misión en la vida. Y para lograrlo, nada mejor que convertirte en un líder o seguir los pasos y consejos de los que ya han alcanzado dicha condición y la tienen sobradamente reconocida. De lo contrario, y especialmente si cometes el que parece el mayor de los pecados –no intentarlo–, permanecerás en el marginado y residual grupo de los «perdedores».

Yo soy bastante crítico con esta visión. Prefiero preguntarme: ¿Pasa algo si no somos unos líderes o si no conseguimos éxitos notables? ¿Acaso no podemos triunfar en la vida sin lo uno ni lo otro?

Por supuesto que las enseñanzas que podemos obtener de todos estos gurús del éxito y el emprendimiento son valiosas; pero ¿qué pasa con las que podamos obtener de la gente corriente? Para mí son igual de aprovechables. De hecho, el aprendizaje no ha de provenir únicamente del éxito, sino también –y seguramente en mayor medida– del fracaso. Si queremos mejorar, evidentemente deberemos aprender; pero tanto de lo bueno como de lo malo, de las virtudes y de los defectos, del ganador y del perdedor, de quien ha triunfado y también de cualquier persona anónima que nos pueda dar una lección (y bienvenida sea).

¿Qué es el éxito? ¿Qué significa triunfar en la vida? Para cada uno será una cosa diferente y todas pueden ser igual de válidas. Estereotipar el triunfo y vincularlo al liderazgo es, para mí, aparte de una moda, un error de bulto. Os puedo asegurar que muchos de mis “líderes” son personas que no gozan de ningún reconocimiento público, pero que, en cambio, me resultan totalmente modélicas; y sin ellas saberlo, sin siquiera imaginárselo, ni mucho menos pretenderlo. Son líderes anónimos, naturales, y lo son por sus virtudes, personalidad y carácter. Y también por lo que han logrado, aunque a lo mejor no le den a ello ninguna importancia ni, desde luego, boato alguno.

¿Qué es más importante, ser reconocido como uno de los mejores del mundo en alguna disciplina o haber logrado inculcar en tu familia unos sólidos y firmes valores que la mantengan unida e inquebrantable generación tras generación? Pues dependerá de las preferencias (más o menos materiales) de cada uno… Un modelo a seguir, un ejemplo –un líder– puede ser perfectamente nuestro padre o nuestra madre. De hecho, apuesto a que lo son en muchísimos casos (en el mío desde luego). O cualquier persona de nuestro entorno cercano a la que nos gustaría parecernos por lo que nos demuestra en el día a día.

En fin, que por mucho que me repitan mil veces que mi modelo ha de ser uno con un perfil bien definido (líder, triunfador, ganador, personas que han alcanzado el “éxito”, etc.) espero que la máxima de Göbbels ceda esta vez y no me distraiga a la hora de buscar libremente a mis propios referentes. Aunque nadie hable de ellos, aunque no salgan en los libros.

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