ERRARE HUMANUM EST…

9 MARZO 2018

Reírse de uno mismo es, sin género de dudas, una magnífica cualidad personal, tan saludable para nuestro bienestar emocional como aconsejable para quien todavía no la ha llegado a descubrir.

Que todos cometemos errores es algo que ni siquiera puede ponerse sobre el tapete de la discusión. Nos equivocamos con frecuencia y lo hacemos en todos los campos de la vida: fallamos en casa, en el trabajo, al tomar decisiones, al valorar a personas y situaciones, en las respuestas que damos… El error es consustancial al ser humano y, así, algo que siempre está a nuestro acecho.

Cuando el fallo y, sobre todo, sus consecuencias son trascendentes, lógicamente, el principio de la responsabilidad limitará nuestra capacidad para tomarnos el error a guasa. Pero no es menos cierto que esta misma actitud de rechazo al cachondeo la albergan muchos, incluso cuando aquello en lo que se han mostrado desacertados no tiene importancia real alguna.

Y es que hay gente que no soporta fallar, cuando hacerlo es lo más natural del mundo.

Un ejemplo casi cotidiano lo encontramos en los grupos de whatsapp. ¿Quién no tiene al típico amigo que cuando otro comete un error ortográfico o lingüístico, o demuestra desconocer algo que se presume elemental, tarda escasos segundos en machacarlo públicamente para provocar el escarnio general? En realidad, esto no tiene mayor malicia… siempre y cuando el socarrón no se ofenda cuando se produzca el hecho a la inversa, lo que, por norma general, tendrá lugar tarde o temprano, pues ninguno somos Miguel de Cervantes, ni tampoco poseemos el conocimiento universal de las cosas (por mucho que algunos cursis parezca que se lo crean). Nada más jocoso para los demás que cometer el mismo o parecido error que el que ha provocado tu pitorreo.

Son especialmente los que sufren de soberbia, esa pérfida compañera, quienes no soportan que otros se puedan reír de ellos cuando se equivocan. No admiten la mofa a su costa, pues es como si se creyeran al margen de la máxima «<em>errare humanum est</em>». Claro que no logran nunca evitarlo y, en el mejor de los casos, sólo consiguen que el descojone no se haga delante de sus narices, sin poder censurar nunca el que se produce a sus espaldas, lo cual viene favorecido por su escasa humildad.

La mejor fórmula para evitar este choteo traicionero es, no sólo aceptarlo de buen grado, sino, aun mejor, participar del mismo e incluso iniciarlo. Abiertamente. Esto –reírse de uno mismo– no sólo es recomendable para la salud del propio espíritu, sino que provoca la aceptación general de los concurrentes. Todo lo contrario que la posición contraria, abanderada por el orgullo y el amor propio.

Riámonos sin miedo de todo lo que podamos reírnos y, especialmente, hagámoslo cuando seamos nosotros los que hayamos provocado la situación risible con nuestro error. Tristemente, ya tendremos ocasión de guardar silencio y mantener la seriedad en muchos otros momentos en los que la risa no tiene cabida. La seriedad debemos reservarla para cuando la situación lo requiere y el humor, la alegría y la jocosidad para todas las demás. Si lo pensamos, ¿qué importancia tiene, en un entorno desenfadado, cometer algún error o demostrar nuestra impericia? Equivocarse y, especialmente, reconocerlo y admitirlo sin prejuicios, es algo que no hace sino perjudicar nuestra soberbia; y, en este sentido, es uno de los ejercicios más favorables que podemos practicar.

Por supuesto, no se trata de equivocarse adrede o cuanto más mejor (faltaría más). Basta con aceptar que todos somos humanos, que todos nos vamos a equivocar y que nadie que lo haga es más tonto que uno mismo.

El idiota, pobre, es el que se cree que no le va a pasar nunca a él.

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