LOS REGALOS DE NAVIDAD

19 DICIEMBRE 2017
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Ayer acudí a mi cita semanal con los ancianos del Hospital de Sitges. Hace un tiempo, decidí dedicar una pequeña parte de mi tiempo a tareas de voluntariado, y pasar un rato con los internos de la residencia geriátrica del Hospital me pareció una estupenda idea. Desde entonces, una mañana por semana me desplazo hasta allí para charlar con ellos y, sobre todo, para escucharlos.

Algunos prefieren hablar y otros prefieren escuchar, pero, en cualquier caso, nuestras conversaciones son de lo más ameno y, por lo que a mí respecta, enriquecedor.

Me llama la atención su soledad, mucho más marcada en unos casos que en otros. Hay residentes que reciben visitas de familiares casi a diario y, entre estas visitas, las actividades propias del centro y los ratos que comparten junto a otros internos, parecen aceptar con cierta conformidad el paso de los días. A otros, en cambio, se les ve más abandonados, pasando muchos ratos solos en sus habitaciones y sin recibir apenas visitas. Da la triste impresión de que, para estos últimos, todos los días son iguales y simplemente están esperando con resignación la llegada de lo que, tarde o temprano, acabará necesariamente por llegar.

Algunos están allí porque no tienen más remedio: no tienen hijos u otros familiares que les puedan cuidar, o bien éstos no tienen espacio suficiente para ellos en sus casas, o éstas no reúnen las condiciones de accesibilidad adecuadas. Otros, en cambio, me da la sensación de que están allí porque es lo más cómodo para sus hijos, que no tienen entonces que asumir la carga que supondría tenerlos con ellos en sus casas. Me imagino a sus hijos convenciéndoles de que en la residencia estarán mucho mejor –lo que no quita que pueda ser cierto– y me los imagino también intentando autoconvencerse de ello, para contrarrestar así los remordimientos que podrían tener si el verdadero motivo no fuera otro que preservar la comodidad propia y quitarse un peso de encima. Es triste ley de vida, pero lo cierto es que, por lo general, los hijos nos olvidamos con relativa facilidad de lo que harían por nosotros nuestros padres en una situación inversa.

En mi visita de ayer, una anciana que no conozco me vio asomándome por diversas habitaciones en busca de alguno de los residentes con los que acostumbro a conversar. Estábamos junto a la puerta del comedor, que estaba abierta, y varios residentes se encontraban ya sentados a la mesa, esperando que les trajeran la comida. La anciana me preguntó que a quién estaba buscando, a lo que le respondí que a nadie en particular, que buscaba a cualquiera de las personas con las que me suelo reunir: Casimira, Paquita, María, Roser, Ramón…

–Allí hay una que se llama Roser –me dijo, señalando hacia el interior del comedor.

Cuando me asomé, me encontré, efectivamente, con Roser. Estaba sentada sola, en una mesa preparada para cuatro comensales. Estaba mirando hacia la puerta con expresión perpleja, pues se le hacía raro que alguien pudiera preguntar por ella, ya que no esperaba ninguna visita (no es de las residentes que recibe más visitas, más bien al contrario). En cuanto me vio, su expresión cambió rápidamente: primero fue de sorpresa, pero casi instantáneamente, se transformó en otra de verdadera alegría.

Estuvimos hablando hasta que le trajeron la comida y, aun entonces, no quería que me fuera y prefería seguir charlando que empezar a comer. Otra residente se sentó con nosotros y, antes que la sopa se les enfriara, las dejé allí, prometiéndoles que volvería la semana siguiente.

Roser es una persona encantadora, a la que me complace escuchar y de la que aprendo muchas cosas. Es de condición humilde, no tiene estudios y apenas se ha movido de Sitges en su larga vida (ronda los noventa años). Pese a ello, y seguro que sin pretenderlo, me da importantes lecciones sobre las cosas que verdaderamente acabaremos valorando al final de nuestros días, y las que, en cambio, dejarán de interesarnos y preocuparnos. Me enseña, en definitiva, lo que es importante y lo que no lo es.

Voy al Hospital con la sana intención de dar y de ofrecer, pero lo cierto es que siempre vuelvo más rico de lo que he ido.

Ese mismo día, después de comer, me fui a comprar algunos regalos de Navidad. Llevaba una pequeña lista y acabé tachando algunas cosas. Mientras compraba, pensé que quizás podría hacer también algún regalo que no estuviera en la lista; se me ocurrió que podría regalar algo que no encontraría en ninguna tienda y que tampoco me iba a costar un solo euro.

Pensé esto al recordar la cara de Roser cuando descubrió que, efectivamente, alguien estaba preguntando por ella y había ido a visitarla. Esa cara, que ahora sé que no olvidaré nunca, fue todo un regalo para mí.

Mi primer regalo de Navidad y, seguramente, el más preciado que vaya a tener.

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