LEÑA AL FUEGO

14 OCTUBRE 2017
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Analizando las conductas que muchas, muchísimas personas vienen observando estos días en las redes sociales, llego a la conclusión de que el apasionamiento y la indignación sacan a relucir nuestra verdadera naturaleza, y que ésta dista mucho de la que en situaciones de normalidad pretendemos mostrar a los demás.

Llego a esta conclusión a partir de los mensajes que he podido leer estas últimas semanas en WhatsApp y en otras redes sociales. Y, la verdad, es que son buenos indicativos del positivismo y la negatividad de cada uno, resultando chocante que personas que alaban y aplauden los discursos sobre el positivismo, abandonen éste sin pudor cuando tienen una inmejorable oportunidad para predicarlo.

Estos días, veo mensajes cargados de rechazo e intransigencia, totalmente opuestos a la flexibilidad y a la sensatez; mensajes incendiarios que en nada ayudan a mitigar el fuego, sino todo lo contrario. Mensajes que claman por una solución radical definitiva y autoritaria, sin importar las consecuencias que la misma pueda acarrear; sin pensar que el aplastamiento del rival y su humillación sólo lo dejarían en estado de stand by, recargando las pilas con sentimientos negativos y de represión.

Veo mensajes que invitan a la confrontación más que a la convivencia, enviados por personas que, en lugar de buscar soluciones que aseguren, por encima de todo, calmar los ánimos exaltados, parece que prefieren otras, aunque lleven violencia aparejada. Mensajes que rechazan abiertamente el perdón. No, no hay que perdonar. Hay que acabar con el otro como sea. Sangre y que rueden cabezas –en sentido metafórico–, aunque ello nos conduzca a una solución impositiva que sólo satisfaga a unos y genere más odio en los otros; aunque ello traiga fractura, violencia y enfrentamientos. No importa. ¡Debemos imponernos porque tenemos razón! ¡Da igual el precio, da igual todo lo demás!

Me llama especialmente la atención cuando veo que algunos de estos mensajes proceden de personas católicas convencidas y practicantes, incluso algunas de ellas, muy cercanas al Opus Dei. Y, la verdad, se me hace difícil imaginarme al Papa o al mismísimo Jesucristo compartiendo estos mismos mensajes o retuiteándolos…

Paradójicamente, algunas de estas personas que veo ahora utilizando un lenguaje beligerante, burlesco en ocasiones, y lleno de odio, las he visto también aplaudiendo entusiasmadas en conferencias en las que he hablado de las excelencias del perdón como una de las virtudes que más contribuye al desarrollo personal del individuo y que, al mismo tiempo, es de las más difíciles de conquistar. Cuando hablo de amabilidad, de respeto, de generosidad o de solidaridad; de dar en lugar de recibir. Y, sobre todo, de los beneficios que reporta el ceder. ¡Menuda incongruencia!

También veo a gente que parece pretender justificar las vergüenzas propias –que, por supuesto, jamás criticarán ni sacarán a relucir– a base de redoblar sus esfuerzos por encontrar rápidamente otras vergüenzas del otro, a ser posible mayores. Y, a continuación, correr para difundirlas y publicarlas cuanto antes. Los famosos “y tú más” e “y tú qué”. Como si eso tapara la alcantarilla propia. Gente que, muy por encima de mostrar las bondades propias, prefieren sobre todo mostrar cualquier cosa negativa que pueda desprestigiar al oponente. Resaltar lo negativo frente a lo positivo. Y, por supuesto, los tweets y las críticas van siempre en una única dirección, despreciando toda objetividad, olvidando que la objetividad muere cuando aceptas y justificas aquello mismo que te indignaría si fueras tú quien lo sufriera. La objetividad no importa, también es secundaria.

Luego están los que parecen estar ávidos de que se produzcan determinados hechos, para poder reaccionar con contundencia frente a ellos. ¡Mira, mira, lo que han hecho! Es casi como si estuvieran deseando que se produzca aquello que detestan para, primero exagerarlo al máximo, y después poder justificar su reacción.

Finalmente –y esto es especialmente triste y la fuente de muchos problemas–, compruebo que la gente muchas veces no valora los hechos libremente, por sí misma, sino que lo hace mediatizada por la previa valoración interesada que hayan realizado los de su mismo bando y, sobre todo, los medios de comunicación afines (¡Qué daño están haciendo!). Si nuestro jugador cae en el área, y los nuestro reclaman penalti, nos levantamos haciendo lo propio aun sin haber visto la jugada, sin saber si lo era o no; eso importa menos. Preferimos seguir a pies juntillas la valoración oficial, la que haga la corriente que nos interesa, la que dice lo que queremos oír, frente a una valoración libre y sensata, que normalmente es contraria a la exageración de la realidad. Preferimos incluso la mentira si hace falta y la negación de lo que no se nos escapa que es evidente. Interesa más. Y si el sentido común nos dice que algo es difícilmente creíble, mejor no lo escuchamos, no vaya a ser que nos lo cuestionemos. La valoración que interesa no se cuestiona y punto. Y se repite las veces que haga falta, a ver si así nos autoconvencemos de aquello que, con una valoración que no estuviera viciada, veríamos probablemente de otro modo. Me sorprende que haya tantos que tengan tan poca personalidad.

Muchos de estos mensajes proceden de amigos míos y también de familiares. Otros, de simples conocidos. Y me entristece averiguar que, en no pocos casos, su naturaleza, aparecida ahora con ocasión del apasionamiento, cuando realmente se les ha puesto a prueba y se les ha llevado al extremo, no es la misma que la que se les presumía y yo les conocía cuando las aguas estaban en calma chicha. Esta naturaleza, al parecer, era sólo un espejismo; porque la firmeza de los principios y de las convicciones de una persona se demuestra, precisamente, cuando se ponen a prueba, en situaciones extremas.

Yo no quiero traicionar mi naturaleza. Quiero ser fiel a mi discurso de no desear el mal a nadie, ni siquiera a quien a mi juicio se lo merezca; y mucho menos, se lo deseo a las gentes inocentes. Por eso, si bien deseo encontrar una solución –como todos–, lo que más me importa, por encima de cualquier otra consideración, es que ésta se produzca en un marco pacífico y de conciliación. No quiero, por nada del mundo, llegar a donde otros acabaron llegando, seguramente sin proponérselo, e incluso sin habérselo imaginado.

Por eso, para ser consecuente, procuro no echar más leña al fuego.

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