ERNESTO ACABÓ LA CARRERA

18 JULIO 2017
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Un buen amigo mío, aficionado al esquí de fondo, se enteró un buen día de que en la estación de Guils Fontanera (La Cerdanya) se organizaba una carrera amateur de dicha modalidad alpina. Como solía pasar los fines de semana en una casa que tiene por la zona, y dada su creciente pasión por el deporte que ya llevaba un par de años practicando, decidió apuntarse al certamen.

Llegado el día, y a medida que se acercaba la hora del pistoletazo de salida, comenzó a dudar de lo acertado de la animosa decisión que lo había llevado hasta allí, al comprobar que los contendientes que se iban congregando por las inmediaciones del punto de partida parecían auténticos corredores profesionales, provistos con lo último en equipamientos de alta competición. Mientras éstos realizaban los pertinentes estiramientos musculares y apuraban los últimos minutos encerando sus esquíes con decidido afán, mi amigo se limitaba a esperar el momento de empezar a deslizarse por la nieve con su modesto equipo adquirido en el Decathlon.

En cuanto arrancó la carrera, tuvo la sensación de ser un coche de fórmula uno cuyo motor se calaba en el momento de la salida, provocando que sus rivales le adelantaran por izquierda y derecha a gran velocidad, sin mostrar piedad alguna: los corredores que partían desde una posición más avanzada le dejaron atrás rápidamente y los que no, menos por encima, le pasaron por todos lados con una facilidad insultante. Ernesto –que así se llama mi amigo– comprobó además que él era el único en emplear una determinada técnica de esquí, la única que conocía y que le habían enseñado, pues todos los demás participantes lo hacían con otra distinta que les permitía avanzar mucho más rápido.

Sin embargo, y pese a todas estas contrariedades, siguió adelante con su carrera y logró terminarla, por supuesto en última posición. Por el camino, le habían doblado numerosos corredores (se trataba de dar dos vueltas a un circuito), se había tropezado y caído en varias ocasiones y hasta se había detenido alguna vez para sonarse, algo que, al parecer, resultaba de todo punto insólito en una competición como aquella. El público se lo tomó con cierta sorna y no faltaron los que le animaron con fervor, sobre todo en los últimos metros, hasta que, por fin, logró cruzar la meta.

Ahora, me veo a mí mismo como mi amigo Ernesto.

Hará cosa de un año me lancé a una nueva aventura para mí: escribir un libro. Lo hice empujado por la ilusión y también para ser fiel a mi creencia contraria a que en la vida dejemos de hacer aquello que verdaderamente nos gusta, cuando no hay nada, aparte de nosotros mismos, que nos lo impida.

Era muy consciente de mis carencias y limitaciones –escribir es algo muy serio, que requiere mucha preparación–, pero aun así, me puse manos a la obra con tanto anhelo que hasta me creía en ocasiones que estaba venciendo más o menos aquellas carestías. Ahora, una vez finalizado el libro y mientras encuentro alguna editorial que lo quiera publicar, las dudas sobre mi capacidad me asaltan constantemente. Intento huir de las  comparaciones que, por otro lado, no puedo evitar hacer con otras obras de afamados autores que juegan en una división diferente, claramente superior a la mía, en cuanto a nivel literario se refiere. “¡¿Dónde voy?!”, me pregunto a veces al pensar que quizás he sido demasiado resuelto o presuntuoso por haberme atrevido a presentar el manuscrito a un editor.

Pero por otro lado, también pienso que mi libro no pertenece al género novelesco y que mis lectores naturales no buscarán en él, mayoritariamente y como primer objetivo, su exquisitez literaria, sino más bien mis reflexiones sobre los asuntos que abordo, de modo que confío en que sabrán excusar mis carestías, y más siendo mi primera obra. Al menos, eso espero…

La verdad es que, pese a los temores naturales y comprensibles que inevitablemente me reporta mi condición de novato en la materia, me muestro al mismo tiempo confiado en que el libro acabe gustando al público. Pero sobre todo, estoy orgulloso de haber dado el paso que nunca me decidía a dar y de haber terminado la tarea lo mejor que he sabido. De haberlo dado todo. Me he demostrado (una vez más) que la voluntad real se demuestra a base de arrinconar todas las excusas que nosotros mismos nos ponemos a la hora de iniciar tareas que, en el fondo, no anhelamos con la misma intensidad que, en cambio, sí solemos afirmar; y también que la ilusión y el esfuerzo nos ayudan a llegar un poco más allá de donde inicialmente situábamos nuestro límite.

Las personas tenemos una extraña tendencia a procurarnos excusas para todo, para hacer y para no hacer, para dar y para no dar. Usamos las excusas para parapetarnos tras ellas y justificar conductas que, si no fuera por la excusa, nos incomodarían ante los demás. Tiramos del “es que…” con demasiada frecuencia, cuando en nuestro fuero interno sabemos perfectamente que, si queremos, no hay “es que…” que valga.

Esta vez no ha habido pretexto ni evasiva alguna: quería escribir y lo he hecho y punto. Mejor o peor, pero, como sea, me he quitado la espinita que tenía clavada; y la experiencia no ha podido ser más gratificante ni más enriquecedora. No me ha frenado saber que quizás no dé la talla, ni siquiera ahora cuando veo el nivel que hay por ahí y me veo claramente perdedor en la comparación.

Ernesto terminó su carrera sin complejos y eso mismo es lo que he hecho yo. Ambos disfrutamos de nuestra experiencia sin miedos, sin complejos, sin agobiarnos por si estaríamos a la altura o no. Eso, en todo caso, sería algo que ya se vería después y, mientras tanto… ¡que nos quiten lo bailao!

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